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Mariatinto en California

Imperdibles

Rodolfo Gerschman

¿Porqué hacer un vino en California? Le pregunto a Humberto Falcón, que se toma su tiempo, lo piensa bien, porque esa pregunta aparentemente sencilla llama a incontables matices. Y al uso del plural. “Primero, porque reconocemos los grandes vinos que se elaboran ahí”, responde, “Nos gusta el estilo de los de Santa Cruz Mountains, Santa Clara, Monterey, Santa Lucia Highlands, de gran expresión, buena estructura, pero que respetan el balance y la fruta”. 

Humberto, un chilango licenciado en comercio exterior por el TEC de Monterrey, conoció en 1999, en su restaurante Pangea, a Guillermo González Beristáin, ensenadense de nacimiento pero, al igual que su socio, radicado en Monterrey. El vino mexicano no tenía el auge de hoy, pero en el Valle de Guadalupe comenzaba a tomar impulso. Se entendieron y se asociaron. 

Venía de una empresa importadora de vinos, Vinoteca, en gran parte franceses. En 2002, con la primera cosecha de Mariatinto, que habría de convertirse rápidamente en un éxito, dio el salto de la venta de vinos a producirlos. Clavado como es, realizó entonces estudios en enología y sommelería.  

Casi 20 años más tarde, en un viaje a California, Guillermo y Humberto concibieron este nuevo proyecto, Sin Border, y conocieron al que sería su enólogo. “A Ian Brand lo conocía por su trabajo en I. Brand & Family, su bodega familiar”, cuenta Humberto. “Probamos sus vinos y nos gustó mucho la interpretación por varietal y por viñedo que hace, dandole personalidad a los terruños, respetándolos al máximo con una enología de poca intervención”.

California y Baja California… parientes cuya cercanía geográfica guarda tantas diferencias -algunas radicales- como similitudes, unidas por la migración y desde hace algunos años por el vino. “Los climas y terruños de Valle de Guadalupe y en este caso Santa Clara, de donde proviene el Cabernet Sauvignon de Sin Border, y Santa Lucia Highlands, en el caso del Chardonnay, son parecidos”, dice Humberto, “Ambos son climas mediterráneos con una gran influencia del Océano Pacífico, con distancias similares entre el mar y el viñedo”.

En el proceso hacia el vino, Guillermo y Humberto prestaron atención a la elusiva identidad cultural que crea entre ambas californias la inmigración, y que dio origen al nombre. La contraetiqueta es aún más explícita: “Honramos a los que nos inspiran a reconocer la bondad del trabajo más alla de las fronteras, los que crean un mundo sin borders”, proclama. Parte de los ingresos de la venta van a organizaciones de ayuda a los inmigrantes.

El contacto con el enólogo se dio, dice Humberto, “gracias a Bernie Luna, que es amigo de Ian y una de las personas que nos motivaron a comenzar el proyecto de Sin Border. Bernie es uno de los sommeliers más respetados en toda la región, que tuvo que emigrar muy joven a trabajar en Salinas para mantener a su madre y hermanas, a quienes debió dejar atrás, en su natal Zacatecas, junto a toda su vida”.

Los vinos de Sin Border, un tinto Cabernet Sauvignon 2018 y un blanco Chardonnay 2019, expresan los rasgos de Central Coast, una denominación californiana menos conocida entre nosotros que Napa Valley, pero que origina algunos de los grandes vinos del Estado. Allí tiene su ranchio Ian, con un concepto rural apegado a la tierra y a prácticas de agricultura orgánica que aplica de manera razonada, sin dogma.

El Cabernet  transmite el clima de Santa Clara, un condado que es parte del área de la Bahía de San Francisco, más frío que Napa por la proximidad del mar. Es un vino de cuerpo medio, con 13.4 de alcohol, de sólida estructura. Los taninos son maduros y están muy presentes a pesar de sus cuatro años de vida. En sus aromas predominan bayas negras: mermelada de moras junto a ciruela negra y arándano.

En boca es sabroso y confirma las notas de la nariz con la frescura que le otorga una buena acidez y maduración precisa, de manera que la fruta es fresca, sin rastros de deshidratación. La madera se manifiesta de manera sutil, con notas especiadas y torrefactas. Un vino excelente, con potencial de guarda de cinco años y 92 puntos en mi escala de 100.

El blanco es aún más original, en parte por las notas florales, no tan frecuentes en la Chardonnay. Estas coexisten con aromas de piña madura, piel de naranja, tomillo y la pimienta gorda otorgada por la barrica, donde madura 12 meses antes de pasar a botella. En boca es de cuerpo medio, muy fresco, con buena acidez y un aporte de madera sutil que obra como complemento. Uno de esos blancos para una tarde de estío campirano, en una mesa con frutos de mar frente al viñedo. En mi escala, 94 puntos.

Creo que entre las motivaciones de Guillermo y Humberto puede haber estado la de encontrar una zona cuyo clima, dentro de los parámetros de California, favorezca vinos frescos, con buena acidez natural, que eludan la sobremaduración. O sea una propuesta que hoy ya es tendencia en el mercado y que comparte quien esto escribe. 

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