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El mundo vinícola, incluido México, vive intensamente la crisis del Covid 19. A Europa llegó montada en otro inminente estrago: el Brexit. Segunda nota.

Junto con su cortejo de contagios y muertes, el Covid-19 está haciendo estragos en la industria europea del vino. El ritmo (o la falta de él) lo marcan restaurantes y hotelería, lo que suele englobarse bajo el rótulo “industria de la hospitalidad”, así como el declive del turismo, que es su principal combustible.

El bodeguero catalán Miguel Torres, presidente actual de la Federación Española del Vino (FEV), recalcó hacia fines de mayo, en conferencia de prensa convocada por la organización, el fuerte impacto de la pandemia sobre las ventas de vino. La facturación de las bodegas, aseguró, disminuyó un 35 por ciento durante el primer cuatrimestre del año.

En tanto los restaurantes continúen cerrados (en algunos sitios vuelven a la vida lentamente), el horizonte de la recuperación seguirá alejándose. En todas partes las bodegas, al igual que muchos chefs, recurren a los videos para mantenerse, al menos, en el recuerdo. Y florecen tecnologías y sistemas de envíos a domicilio (palabra desaparecida hoy y renacida como delivery). 

La recordación es central. ¿Sobrevivirán preferencias y conquistas de mercado cuando todo regrese a la “nueva norrmalidad”, a fuer de lo que vaya a significar tal cosa? La FEV aconseja a las bodegas apuntarse a concursos y guías como una manera relativamente económica de guardar recordación. Más aún dada la cancelación de ferias y formatos similares como Alimentaria en España, Prowein en Alemania, Vinitaly en Italia, Foodex en Japón o Interwine en China. Pero entretanto lo que predomina (y satura) el ecosistema vínico es la promoción vía Instagram o Live Facebook, amarrada a la venta directa.

“Si los canales de venta habituales se han ralentizado, deberemos trabajar en otros nuevos, y si la gente no consume fuera de casa, tendremos que trasladar la oferta a sus hogares o, mejor, a sus teléfonos. Si todavía no lo haces, es el momento de la venta on line”, aconseja la FEV a sus asociados. Allí donde no generan conflictos, las bodegas presumen (aunque sin estridencias) sus mejores precios al consumidor final gracias a saltarse los eslabones intermedios.

Es, a primera vista, una buena salida para hacer frente a la coyuntura, aunque, dice Torres, “el crecimiento registrado en las ventas de los canales de alimentación y on line no compensa, en absoluto, la caída provocada por el cierre total del canal de hoteles, restaurantes y cafeterías”.

También el potente encadenamiento de bodegas y enoturismo, que ha sido una de las cartas fuertes de las regiones vinícolas -fuente de ingresos, oportunidad de venta directa y reforzamiento de imagen a la vez- ha pasado de panacea a lastre: los volúmenes que se vendían directamente son ahora inventario adicional que urge colocar. Las bodegas ponen veladoras a San Francisco Javier, patrono del turismo -es también un buen momento para la fe- a la espera de una reactivación inmediata que les permita aprovechar parte de la temporada primavera-verano del hemisferio norte, apenas iniciada. 

Pero aquí no acaba el problema. Los bodegueros de Europa se preparan para los sinsabores del Brexit. El Reino Unido no produce casi vino y los ingleses son buenos aficionados, ergo la mayor parte de lo que consumen viene de sus vecinos, Alemania, Francia y España a la cabeza. En total son 2,800 millones de euros lo que se beben en botellas provenientes del otro lado de La Mancha. Por lo que resta del año todo seguirá igual, pero las negociaciones arancelarias con la Unión Europea deberán concluír en diciembre y ahí veremos. 

Desde la época no tan lejana de Theresa May, en 2019 (ahora parece un cambio de siglo, no de década) la primer ministro ya había hecho su tablita de aranceles, no solo para el vino sino también para otros productos como aceite de oliva, jamones, naranjas, melocotones, lechugas e incluso el queso. Boris Johnson escaló la amenaza y aumentó esa propuesta de aranceles hasta seis veces, tal vez inspirado en la estrategia extorsionadora de Donald Trump. 

Si no se llegara a un acuerdo cada litro de aceite de oliva subirá cerca de 30 pesos, el kilo de jamón 20 y cada litro de vino, dependiendo del tipo, entre 3 y 7 pesos. La única señal positiva en el horizonte es la revaluación de la libra, que abaratará las importaciones. Y por el lado del mentado Trump, llovido sobre bebido: luego de acusar a los gobiernos de Gran Bretaña, Alemania, Francia y España de subvencionar al fabricante de aviones Airbus, en guerra comercial con la americana Boeing, puso aranceles de 25 por ciento a los vinos europeos -entre otros productos del viejo continente- desde octubre del año pasado.

Si el Covid desplazó tales temas, es seguro que estos regresarán para hacer más densa la trama. Algo alentador, sin embargo, se deriva de un paper de la empresa inglesa Wine Intelligence, cuyo último estudio sobre hábitos de consumo en su país -también aplicable a México en varios de sus capítulos- muestra los primeros signos del cambio.

Su primera conclusión es previsible: “El cierre de pubs, bares y restaurantes llevó a muchos bebedores a comprar con más frecuencia en supermercados, tiendas de conveniencia y, especialmente, online”. Sabemos lo que esto significa en primera instancia: los vinos de volumen no están sufriendo tanto la pandemia como los más exclusivos y de precios altos, mayoritariamente presentes en restaurantes y tiendas especializadas.

Y viene lo interesante: “Con las restricciones motivadas por la pandemia COVID-19 se han incrementado los momentos del día en que se consume vino. Por primera vez el promedio se sitúa en más de 10 ocasiones de consumo por persona al mes, con un 16 por ciento de consumidores que dicen beber vino ahora todos los días, frente al 11 por ciento que lo hacía antes del inicio de la pandemia del coronavirus”. Curiosa deriva del «quédate en casa» de la pandemia, motivada tal vez por el aburrimiento o, por el contrario, el exceso de diversión: más frecuencia y por tanto más consumo. 

Por las razones que sea, la cuestión es que en Reino Unido aumentaron las ventas de los minoristas durante marzo y abril, en sintonia con otro dato: los aficionados ahora beben vino en diferentes horarios, no solo en las comidas, como sucedía hasta antes del Covid. Y en sintonía también con la disminución, en el retail, del precio promedio por botella. Quizá esta nueva realidad sirva para moderar en algo el impulso aislacionista de Johnson.  

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