El Malbec argentino y los 100 puntos Atkins

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Rodolfo Gerschman

Nací en Argentina y viví allí mis primeros años. Conviví desde esas lejanas épocas con el vino, aunque no guardo de él ningún recuerdo sensorial preciso. Quien haya bebido vino desde la infancia y pretenda que a tan tierna edad comenzó a atesorar conocimientos, miente.

Desde el momento en que sabores y aromas fueron despertando mis sentidos, el vino se acomodó en ellos de manera inconsciente, al igual que hallaron su lugar los ingredientes de la cocina familiar. El vino estaba también en las fiestas, en las salidas, en los antros: engrosaba la sangre, estimulaba la plática pero también el baile, hacía nacer amores y amistades (y a veces los destruía). Apurados por la vida, ni yo ni mi entorno perdíamos tiempo platicando de cepas, regiones o cualquier otro rasgo de aquello que bebíamos.

Hasta que un día asocié el gusto por un vino (mi padre me lo hizo notar) con la palabra “Malbec” en la etiqueta de la botella. Fue como el detonante de la curiosidad, siempre alerta, del adolescente. A partir de ese momento comencé a fijarme en otras etiquetas y a establecer correspondencias entre lo que decían y la reacción de mi paladar.

Así es que hoy puedo afirmar, como algunos millones de otras personas en el mundo, que también mi descubrimiento del vino argentino fue apurado por el Malbec. Ha pasado mucho tiempo y el Malbec argentino de ahora ya no es (afortunadamente) lo que era. Tampoco mis gustos, por cierto.

Hace pocos días el periodista británico y Master of Wine Tim Atkins publicó su lista de los 100 mejores vinos de Argentina. De ellos, muchos son Malbec o ensambles de Malbec. La calificación a menudo inalcanzable, 100 puntos, es para un Malbec de la bodega Per Se, el Uní del Bonnesant Monte Alabanza 2024.

En su Special Report https://timatkin.com/) obtuvieron 99 puntos Noemía 2022, Malbec de la Patagonia, Cheval des Andes 2023, blend de Malbec, Cabernet Sauvignon y Petit Verdot y La Craie Monte Alabanza 2024, también de la bodega Per Se, blend de Cabernet Franc y Malbec. Recibieron 98 el Jardín de Hormigas Los Amantes 2024, de Alto Las Hormigas, Mundus Bacillus Terrae 2023 de Adrianna Vineyard, (Adriana es hija de Nicolás Catena), Alto Los Cuises Malbec 2024, de Cafayate, provincia de Salta, Monasterio 2023, de Raquis, Gualtallary, y Piedra Infinita Supercal Malbec 2023, de Zuccardi, Valle de Uco, que obtuvo los 100 puntos de Atkins hace cuatro años.

El auge de la Malbec alimenta… el auge de la Malbec: se vende cada vez más y, en consecuencia, hay cada vez más Malbec y de mejor calidad en el mercado. Que los más premiados sean tributarios de esta cepa, en consecuencia, no debería sorprender. Lo determina el peso estadístico de lo probable.

Otra cosa es determinar si amerita ser considerada por encima de otras cepas como, a otro nivel, sucede con la Pinot Noir. Es una discusión difícil. Por lo pronto, declaro mi gusto por la Cabernet Sauvignon mendocina, seguida de la Cabernet Franc. En las últimas décadas, entretanto, la Malbec ha ido a más. Ha incorporado a sus vinos los matices de nuevas regiones, suelos y microclimas, de manera que ya no puede hablarse de “un” malbec, como lo prueba Noemía, extraaordinario Malbec de Rio Negro, Patagonia, en el sur de Argentina.

«El mundo ama a la Malbec”, dijo en en algún momento el mismo Atkin a periodistas de Argentina, “y, con algunas muy pocas excepciones, es lo que mejor hace Argentina, ya sea en blends o en varietales… muchos de los malbecs top tienen un sentido real del lugar. Sólo hay que degustar una selección de Cafayate, San Rafael, Río Negro, Vistalba, Agrelo, Perdriel, La Consulta, Paraje Altamira, San Pablo, Chacayes, Vista Flores y Gualtallary”.

Tercamente disiento, aunque coincido en el elogio a la expresión del terroir lograda por la Malbec en sus mejores versiones. La Cabernet Sauvignon argentina, como es evidente, no ha logrado la misma popularidad y no alimenta con la misma efervescencia la mercadotecnia del vino argentino. Si alguien hubiera intentado darle el sitio que hoy ocupa la Malbec hubiera fracasado por exceso de deja vu planetario y falta, entonces, de especificidad

Si Paul Hobbs puede presumir de haber dado desde EEUU el primer envión a la proyección internacional de la Malbec, Nicolás Catena puede hacerlo con la diversidad que elogia Atkin. Hace algunos años me contó que cuando se integró a la empresa su padre lo orientó hacia la Malbec, pero que él creía más en la Cabernet Sauvignon. Su convicción se nutría, posiblemente, de lo que había visto en California y del paso por la universidad de Davis.

Finalmente cedió, pero se lanzó a la búsqueda de microclimas que le diesen a los Malbec más filo. Su búsqueda al sur de Mendoza, en el valle de Uco, puso en el mapa zonas tradicionales hasta entonces poco apreciadas como La Consulta, Paraje Altamira, Vista Flores o Gualtallary. Esa búsqueda fue también vertical: el cultivo trepó laderas y originó una característica actual de la viticultura que expresa bien el nombre de otra bodega importante: Terrazas.

Hoy día Argentina tiene una viticultura de terrazas. El carácter diferente de uno u otro Malbec está relacionado más que nunca con los cambios de clima que trae aparejada la influencia de la pared helada de Los Andes. También lo está, sin duda, con los tipos de suelos, que en sus estribaciones van integrando más mineralidad y perdiendo nutrientes. Los Malbec del Valle de Uco han ganado en calidad de polifenoles (color, taninos), en acidez y pureza frutal. Los mejores muestran más potencial de guarda y una gran complejidad.

Luján de Cuyo —la zona que quizá más abonó a su fama— es, en cambio, más cálida y uniforme (aunque variaciones de altura hacia la proximidad de la cordillera pueden cambiarlo todo), y sus malbec son más fáciles, más sencillos, más dulces y frutosos, más sedosos y menos complejos. Esas característica se acentúan en otras regiones como San Juan. La búsqueda de complejidad en sabores y texturas es la de la altura y el frío. Es el camino que han seguido muchas bopdegas mendocinas, entre ellas Zuccardi, cuyos primeros pasos, en el siglo pasado, fueron en Luján.

Si tuviera que definir rápidamente la evolución de la viticultura argentina durante las últimas décadas, utilizaría la expresión «estiramiento geográfico y climático», en lo cual hay que incluir el estiramiento hacia el sur con la Patagonia, y hacia el norte con la viticultura de altura en Cafayate, provincia de Salta. Recientemente se incorporaron aún más regiones, impensables hacia finales del siglo pasado. Me refiero al sur de La Pampa o, si se quiere ver así, el norte de la región patagónica, ambas divididas por el rio Colorado, que ya no es más una frontera.

Allí Catena instaló Casa de Piedra, a la que se sumaron otras empresas como Bodegas del desierto, Bodegas Lejanía, Bodegas Quietud, Planicie y Estilo 152. Más reciente aún es el emprendimiento de la mega bodega Trapiche en Chapadmalal, una zona costera sobre el Atlántico, a pocos kilómetros del célebre balneario Mar del Plata.

Costa y Pampa, este proyecto es el más peculiar, pues está a apenas tres kilómetros del mar, con todo lo que tal ubicación implica como diferencia climática respecto a las zonas tradicionales. Y con ella entran en escena más cepas y estilos menos convencionales: Riesling, Gewürztraminer, Pinot Noir. Los enólogos comparan este clima con el de Champagne en Francia y el de Auckland en Nueva Zelanda, con condiciones (tal vez ideales) también para la Sauvignon Blanc.

La expansión territorial puede quitarle foco a la Malbec, aunque sin duda seguirá inspirando la mercadotecnia vínica argentina. Al mismo tiempo, la vastedad y riqueza de los terroirs dan sustento a quienes proponen reforzar en el relato la identidad geográfica. Y es que cada nueva región que se incorpora acrecienta la necesidad de situar las cualidades de los vinos en función de su origen primero, y después de sus cepas. No es algo ajena a lo que sucede en otros países vinícolas. Para Argentina es promesa y desafío

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