Cronos es un dios cruel, es sabido. Devora a sus hijos y juguetea con el tiempo, tiende trampas, despliega creencias y agota las escondidillas; no lo encuentras pero él sí a ti. Es más: te cae encima cuando cansado de buscar, te entregas.
He pensado en el tiempo estos días, es evidente. Razones: los 425 años de Casa Madero y los 35 de Monte Xanic. Empiezo por la fiesta de los cuatro siglos. Celebré con entusiasmo el onomástico y me sorprendí pensando en aquel Lorenzo García que reclamó las tierras de Parras con una visión más allá de cualquier inmediatez, forzando la mirada hacia un horizonte de siglos.
Celebramos a la vinícola tal vez más antigua de América (no se trata tampoco del adánico “soy el primero”, no lo pone así el del cumpleaños), pero yo que soy quizá demasiado prosaico, digo que no estaríamos celebrando de no ser por el éxito muy actual, muy presente, de sus vinos; por esas mil medallas obtenidas en tantos concursos y, sobre todo, por los sabores que tengo aún en el paladar de su Malbec Gran Reserva, que no me transportan al pasado sino a un presente de gente empeñada en hacer las cosas bien y en poner placer en las copas.
Si no existiera este presente, la historia de cuatro siglos carecería de sentido. Es como el vino mismo: solo apreciamos plenamente aquellas cualidades con las que nació dotado para envejecer cuando así se manifiesta aquí y ahora. Así que reverencio la historia pero, sobre todo, agradezco el presente, que es lo que me toca, viejo Cronos…
Voy entonces a Monte Xanic. Sus 35 años empalman significativamente con ese periodo en que el vino mexicano salió del closet, hinchó torax y dijo “ya van a ver lo que es capaz de hacer México”. Entre celebraciones pude platicar nuevamente con la gente de Monte Xanic hace algo unos días, y recordar el audaz desafío de aquellos empresarios: vinos de calidad, al precio que fuera, cuando no terminaba de extinguirse el eco del truene de unas 60 vinícolas en todo México,
Y también sabias pláticas enológicas con el doctor —así le llamaban todos— Hans Backhoff (cuyo hijo homónimo está ahora al frente de la vinícola) y su didáctica manera de explicar, entre pruebas de barrica, cómo detectar la “brett” o los tormentos de la volátil. Con idéntico espíritu pionero y la misma osadía que marcó su nacimiento hace 35 años, la bodega invirtió en Ojos Negros, un valle muy diferente al de Guadalupe, cuya “irreductible Naturaleza” (para utilizar la acertada expresión de Jancis Robinson), ya ha conseguido domeñar.
Los vinos de Monte Xanic y de Casa Madero están ahora mejor que nunca. Los hijos de José Milmo —Daniel y Brandon— y Hans Backhoff hijo recorrieron hacia atrás y hacia adelante el tiempo, asimilaron bien lecciones del pasado y le dieron a sus empresas la capacidad de abrir más caminos.



