del vino y del buen vivir

Cuando el destino nos rebase

Para aquellos que todavía no están convencidos de la inminencia del calentamiento global y las consecuencias que sus efectos tendrán  (o tienen ya, debería decir) en nuestras vidas, los invito a darse una vueltecita por la península de Baja California estos días de octubre, pleno otoño que no acaba de entrar porque el verano se niega a salir. El clima en la ciudad de Tijuana ha oscilado, durante las tres primeras semanas de octubre, entre los 27 y los 32 grados centígrados y en Ensenada, entre los 25 y 30 durante el día.  En las noches alrededor de los 16 o 17 grados en ambos casos. De Mexicali mejor ni hablamos porque no me lo creerían. Los valles en los que se produce vino, que son San Antonio de las Minas, el de Guadalupe, Santo Tomás, San Vicente Ferrer y Ojos Negros, andan transitando por los mismos parámetros, quizás con noches un poco más frescas, entre los 13 y 14 grados centígrados. En el mundo del vino esto significa más azúcar y menos acidez y también que los calores inusuales empujan algunas variedades a una maduración temprana que no siempre es conveniente, dadas sus particulares características genéticas. Son quizás los productores agrícolas del mundo los primeros afectados por el cambio climático, aunque todos habremos de pagar las consecuencias más pronto que tarde. En el caso de la viticultura empezamos a ver cosas que si nos las hubieran platicado hace diez años pensaríamos en algún choro jolivudesco, pero no es así. Inquieto leo, hace unos días, un reporte de la Organización Mundial de la Viña y la Vid en la que se especula, con base en información estadística proveniente de instituciones serias y confiables dedicadas al monitoreo del comportamiento climático de nuestro atribulado planeta, que para la no tan lejana década de los años cincuenta de este siglo, las regiones del mundo en las que la vid se siente más cómoda para ofrecernos sus mejores frutos, ya no serán las mismas o, en el mejor de los casos, las condiciones del terroir en cada una de ellas serán marcadamente diferentes a las de principios de este milenio. En otro artículo publicado en el boletín de la misma organización expertos advierten que variedades particularmente susceptibles a estos cambios climáticos, como la Merlot por ejemplo, pudieran llegar a ser sustituidas por otras más aptas a las nuevas condiciones, modificando para siempre las mezclas que durante centurias han prevalecido en los casos de los grandes vinos de Burdeos. Es difícil imaginar que dentro de algunos años, no muchos, podríamos estar disfrutando de un buen vino danés u holandés, que los grandes vinos franceses pudieran prescindir de sus fulgurantes estrellas y que las que ahora son solo las chicas del coro, como es el caso de la Petit Verdot, uva que ha dado buenos resultados en zonas cálidas, o la Cinsault, variedad ésta última que no se arredra ante las sequías y el calor, pudieran ocupar el lugar de las grandes protagonistas bordelesas. En el caso de nuestro país, en el que las regiones productoras están rascando la famosa franja norteña del vino y el asunto del agua no se ha resuelto, el desafío se antoja enorme. Interesante resultará explorar lo que nuestros enólogos y wine makers están haciendo para enfrentar los nuevos retos que la Madre Naturaleza nos está presentando. Ya les platicaré.