del vino y del buen vivir

Cabo antes de

"Aquí no importa el precio, lo que nosotros ofrecemos es calidad¨. Daba lo mismo si era en un gran resort o en un Íntimo restaurante italiano de cinco mesas. Una y otra vez esa frase siempre resonaba. Mantra que a fuerza de repetirse había hecho de este destino, para muchos imposible o al menos improbable, un lugar absolutamente excepcional. 

Se de antemano, que la postal es mucho más compleja, que a Cabo por más paradisiaco que parezca no le eximen los males perniciosos de cualquier rincón de nuestro querido país. Desigualdad, violencia, corrupción, desalojos, abusos, influyentismo… Eso entre otros tantos problemas.  Lo sé todo, pero a fuerza de honrar la difícil situación en la que actualmente se encuentra el puerto y la amistad que me une con muchos de los que ahí viven, me permito la licencia de hacer un ejercicio de abstracción para resaltar únicamente su lado positivo. Ese que como productor de vino me tocó conocer.  

Este es mi blog así que con su permiso. 

Era un martes cualquiera, la cita a las 11 A.M. en un restaurante al este del puerto. 

El propósito: Presentar por primera vez los vinos de la bodega nueva de la familia.  

La promesa: Convocar prácticamente a todos los chefs y gerentes de alimentos y bebidas de los principales hoteles y restaurantes de Cabo. 

El pronostico: Con que llegara la mitad de los invitados nos dábamos por bien servidos. 

Anticipábamos que debido a su responsabilidad en turnos que terminaban hasta altas horas de la madrugada; pedirle a nuestros invitados que se levantaran dos horas antes para probar los vinos de una desconocida bodega mexicana para después irse a sus labores podría ser algo excesivo. La idea ufana de reunirlos a todos en un mismo lugar, siendo competencia directa, también sonaba disparatada. 

Pues bien, cual fue nuestra sorpresa que, a pesar de los pesares, sin importar la hora, el día y los 40 grados de temperatura (tuvimos la ocurrencia de hacer la cata en una terraza), todos se presentaron puntuales y con el mejor de los ánimos para probar vino mexicano.  

Su interés central era conocer un nuevo proyecto del valle. Quizá descubrir una propuesta que pudiera sorprender a sus clientes. Profesionales en la extensión de la palabra. Estudiosos. Apasionados. Nos inundaron de preguntas tanto de los vinos y el proyecto como en general del Valle de Guadalupe. 

Cito este pasaje por una simple razón. Es gracias a ellos que Cabo San Lucas se ha convertido en el gran escaparate internacional para el vino mexicano que es hoy. Honor a quien honor merece, son ellos los que han hecho de Cabo el sitio donde más extranjeros toman buen vino mexicano.  Importa poco si el vino lo hizo fulanito o menganito, si la retórica de ¨aquel¨ es más convincente o la poesía de ¨ese¨ más elocuente. Al turista le vienen guangas las diatribas domesticas del vino nacional y sus gurús. Lo que quieren es una cosa: Calidad. Y amenazan:  If you are going to bring me a mexican wine, it better be good. 

Ahí es donde el personal de servicio tiene que decidir entre la apuesta segura de un cabernet de Napa o la osadía de cambiarlo por su contraparte del Valle a riesgo incluso de perder su empleo. Pero se atreven y lo hacen. Viraje de aquella máxima “El cliente siempre tiene la razón” sustentado en el conocimiento y la profunda convicción de que en México se están haciendo caldos con una calidad a la par de cualquier otro en el mundo.

Este es el Cabo que a mi me tocó conocer. Pueblo que alberga gente buena de todo el país. Bien capacitados, la gran mayoría apasionados por lo que hacen. Todos unos artesanos del servicio. Gente con la que, dicho sea de paso, tendríamos que estar muy agradecidos los productores de vino mexicano.  

Ese era también el Cabo de antes de Odile, aquel que prometía tener para las próximas fechas decembrinas la temporada alta mas exitosa de su historia. Hoy nos compete a todos hacer lo necesario para hacer que esto suceda