del vino y del buen vivir

La chela acosada

Hasta hace unos ayeres beberse una cerveza no requería de mayor arte ni conocimientos. Bastaba con tener la garganta ligeramente seca para zambullirse en las olas de esta bebida cremosa y refrescante. En el bar, el antro o la cantina, pero también en plena calle con los vecinos de la cuadra o para recuperar energías tras un fatigoso domingo futbolero, cualquier pretexto era bueno para beberse un par de chelas.

Hoy en día, con el auge de las cervezas gourmet (la otra faz de las artesanales), la deportiva y humilde actividad de la ingesta cervecera se ha teñido de poses y de catadores (y de catadores posados): que si tiene notas de chocolate, que si es de una sola malta, que si le faltó tostado o que si debe maridarse con queso Mobier, cheesecake o langosta.

¿En dónde quedó la espontaneidad que caracterizaba a una bebida abordada con soltura similar a la que requiere un vaso de agua? ¿Cuántos de nosotros podemos leer con fluidez el menú de chelas clasificadas en Pilsener, Golden Ale, Lager, Weissbier, Porter, Stout, English Brown, Lámbica, Dubbel, Maibock, Tripel y Bock Dunkel? Esto sin mencionar los exotismos de las aromatizadas con frutos, especias, chiles o insectos.

Más allá de la geografía, sucede en Madrid, Berlín, Tokio, Portland, Buenos Aíres o la Ciudad de México y sus destinatarios tienen perfiles similares: una generación de bebedores, de cheleros con fundamento, busca diferenciarse del chelero común y corriente mediante la sapiencia en torno a un universo de cervezas cada vez más originales, complejas y sofisticadas.

Un repertorio de nombres estrambóticos -Malafacha, Chupacabras, Agua Mala o La Chingonería– y saborizantes inesperados como chiles o chapulines, contribuyen a crear "la necesidad" de los expertos. Para quien se sienta súbitamente acomplejado por su escaso saber, puede recurrir a diplomados de cata y producción artesanal.

A principios de este año la Asociación de Cerveceros de la República Mexicana (ACERMEX) reportó que entre los más de 10.5 millones de litros de cerveza -cifra que explica la inconfundible silueta hitchcockiana de tantos mexicanos- que se beben en México, el sector artesanal registró en 2014 un crecimiento del 40 por ciento con respecto al año anterior.

Representa aún poco: el 0.5 por ciento del mercado. Pero el porcentaje seguirá incrementándose y se espera que para el 2016 llegue al uno por ciento. Lo que significa que en un lapso menor a tres años su consumo se habrá duplicado. Si bien es difícil prever lo que sucederá a partir de ese momento, pues podría tratarse de una tendencia pasajera, los expertos coinciden en que las cervezas artesanales se harán con una rebanada más grande del pastel a expensas de los grandes conglomerados.

Pero estos tampoco se duermen. En febrero de este año Grupo Modelo lanzó el sitio Beerhouse.mx, plataforma de compras y pedidos en línea, que además de ofrecer las marcas comerciales más conocidas de Alemania, Bélgica, Holanda y USA, incluye un amplio catálogo de artesanales mexicanas.

Thomas Blake, director del sitio en México, afirmó que la combinación de estas dos tendencias -por un lado, el interés del foodie mexicano por conocer nuevos sabores y experiencias, y por otro el desarrollo del e-commerce- hizo posible que Grupo Modelo incrementara su interés por los consumidores de Internet.   

La empresa no se equivoca en su diagnóstico, pues en el marco del boom de la cocina contemporánea, en esta marejada de cocteles de autor, cupcakes, food trucks, catas y maridajes, la gourmetización de productos populares, como el pan y la cerveza, será cada vez más frecuente. Hoy ya existen en México más de 300 empresas cerveceras, sin contar, porque están vocacionalmente fuera de la estadística, a los productores que elaboran sus propios fermentos en casa.

Frente a la diversidad de marcas, estilos y sabores quizá convenga, sin embargo, guardar prudencia a la hora de probar algo. Consejo cervecero: una etiqueta demasiado estrafalaria, impronunciable, pretenciosa o grotesca, podría conducir a una experiencia ingrata.

Entretanto al chelero ordinario, el que resiste a pie firme la ola de snobismo chelo platicante, no le quedará más opción que seguir poniendo cara de nada cada vez que en un gastropub de moda el mesero quiera enjaretarle una cerveza belga estilo Lámbica o una Bock Dunkel alemana. Siempre podrá exorcisarlo recitándole las líneas del poeta inglés Charles Lamb, que en una taberna del 1800 honró así a la cerveza: “Si me caso, ¡qué flaqueza! / será por amor sincero / con la hija del tabernero / y su tiro de cerveza”.