del vino y del buen vivir

El Prolífico Duero

Rodolfo Gerschman

Si armo el rompecabezas del recuerdo sucede esto: extensos sembradíos y modestas moradas campiranas aparecen flanqueando la corriente de agua que brilla con el sol mientras discurre fatalmente hacia su muerte en el Atlántico. En mi evocación las riberas se tiñen de la gama más amplia de colores: amarillos y verdes en las espigas de trigo y las hojas de las parras durante el verano, ocres y secos verdes otoñales en las copas de los árboles cuando atraviesa Aranda de Duero, en los olivares de las planicies y sobre las terrazas cultivadas del alto Douro. Tras la calidez dorada del verano, cuando los pueblos viven en la calle, llega el rigor gris de los inviernos castellanos, secos y rudos.

Hay obras de ingeniería sobre su recorrido, pero la mayor de todas es el río mismo. En tela de araña cientos de afluentes bajan por otras tantas laderas hacia su cauce. El río es tributario de las sierras más emblemáticas de España –Madero, Moncayo, Demanda, entre otras- donde nace el agua. El inicio está en la falda sur del Pico Urbión, provincia de Soria, a más de 2 000 metros sobre el nivel del mar. A partir de allí un prolongado, tortuoso y suave descenso le permite alcanzar el nivel del mar en la amplia ría de Oporto.

Recorrí su trayecto varias veces. El Duero es, como se suele decir, un río vínico. A lo largo de casi 900 kilómetros discurre entre viñedos carismáticos y de irreductible diversidad; el 80 por ciento de ellos en España, el resto en Portugal. Su reguero de agua fresca reanima climas que en primavera y verano, cuando la uva madura, rozan la aridez. En las regiones que atraviesa alternan vientos friísimos con calor deshidratante, la sequedad del desierto con la humedad de la nieve y el escozor de la tormenta eléctrica. Pero he ahí justamente la razón por la cual la uva obtiene lo que necesita: sol en el día para fabricar azúcar, frío en las noches de verano para preservar la acidez y asegurar el desarrollo del color y los taninos. Y más frío aún en invierno para que las parras descansen.

Más del 90 por ciento del recorrido del Duero atraviesa la región de Castilla y León. En cada metro de ese territorio hay referencias a la viña, que llegó junto con los romanos (aunque algunas teorías dicen que antes) cuando estos colonizaron a galos y visigodos. La referencia más antigua de aquella invasión es el mosaico de 66 metros cuadrados con alegorías báquicas, construido al inicio de la era cristiana y descubierto dos mil años después en Baños de Valdearados.

La buena nueva que traían los de la península itálica se propagó de manera fulminante –asi de contagioso es el vino- de modo que los viñedos no cesaron de extenderse. Hoy día el área de influencia del Duero y sus afluentes abarca un territorio de 56 000 hectáreas en el que se suceden Vinos de la Tierra y DO’s célebres, comenzando por la más célebre de todas, Ribera del Duero, seguida de Toro, Rueda, Cigales, Bierzo, Arribes del Duero, Tierra de León, Ribera de Arlanza, Tierra de Zamora...

Me preguntaron hace unos días cuál es la peculiaridad de los vinos de Ribera del Duero. No es posible responder sin aludir al contexto. Su fama viene de haber detonado una revolución en la década de 1980, cuando Rioja era la estrella. Sin embargo, esta DO sufría las consecuencias de su propio éxito, que la había conducido a un modelo industrial de vinos de volumen, a menudo diluídos y oxidados. Los de Ribera irrumpieron con la alternativa. Así es que, si hay que hablar de un estilo, éste sería el de aquel inicio, marcado sobre todo por la bodega Pesquera y continuado por las demás: concentrado, complejo, equilibrado, con una fruta fresca que acoge de manera ejemplar las notas chocolatosas, avainilladas y de tostado provenientes de barricas nuevas, francesas en su mayor parte.

El salto a la fama se produjo a inicios de la década de 1980. Pero el potencial ya estaba, vivía agazapado en una bodega cercana al pueblo Valbuena de Duero. En sus alrededores surgieron en 1915, con el sello de lo excepcional, los vinos de culto Único y Valbuena 5to año de Vega Sicilia. Aunque su base era la cepa Tempranillo, también la bodega introdujo las bordelesas Cabernet Sauvignon, Merlot y Malbec, lo cual abrió la puerta a que, posteriormente, la D.O. Ribera del Duero las autorizara. Y es que Vega Sicilia no recibió su prestigio de la región sino a la inversa. En 1982 (ese mismo año, mera coincidencia, se fundó la D.O.) la compró David Álvarez y hoy la dirige su hijo Pablo. Es una empresa marcada por la concentración en el detalle y su actitud desaprensiva con el tiempo: el Único suele salir al mercado al menos una década después de la cosecha y al cabo de sucesivas etapas de crianza en madera, concreto y botella.

El éxito de Vega Sicilia dio fama a la marca Vega Sicilia. En cambio, cuando Alejandro Fernández, un vendedor de maquinaria para el campo y enamorado de la región, liberó los primeros Pesquera, su fama derramó también sobre la región e influenció de manera definitiva el estilo de sus vinos. Cientos de nuevas bodegas, de Aranda de Duero a Peñafiel y Burgos, marcharon sobre su huella: aromas intensos de bayas negras maduras, grafito y humo, especias de la barrica y masas importantes de taninos.

Es imposible recorrer la D.O. y que la vista no tope con el castillo de Peñafiel. Sus murallas, erigidas en el siglo nueve para contener a los moros, están en el mero centro de la región. Desde sus alturas se despliega a la vista el mar de viñedos de “la milla de oro”: decenas de bodegas prestigiosas nacidas en los últimos 30 años. Protos es más antigua, de 1927, pero en 2010 inauguró nueva bodega, diseñada por el arquitecto británico Richard Rogers, autor también de la Terminal 4 del Aeropuerto de Barajas. Matarromera, en cambio, vio la luz en 1988, y su modernidad –nuevas tecnologías, cultivos sustentables, laboratorios de los cuales salen sorprendentes derivados de la uva- es arrolladora.

Otras bodegas, por supuesto, tatúan el dibujo de la D.O. Entre otras Arzuaga, Emilio Moro, Alión (el pariente “moderno” de Vega Sicilia), Valdubón, Callejo, Valduero, el muy cotizado Pingus, Alonso del Yerro y las aún más recientes Proventus y Lleiroso. La lista es choncha. Más al oeste, otras dos regiones han labrado su propia identidad: Tudela y Sardón del Duero. Tudela cobró fama por Mauro, fundada en 1980 entre las estrechas calles del pueblo, en una antigua casona del siglo XVII, por Mariano García, antes enólogo de Vega Sicilia. En Sardón del Duero están los vinos insoslayables de Abadía Retuerta, que fundó el enólogo bordelés Pascal Delbeck. La antigua capilla del siglo XII, sometida a restauración, dio lugar a un hotel boutique y a restaurante con estrella Michelin. Junto a su Selección Especial, al Petit Verdot y al blanco Ledomaine, están sus impresionantes vinos de pago: Valdebellón, Garduña y Negralada.

Desde un pasado que marcó sus vinos con el sello de la rusticidad, Toro, en la occidental provincia de Zamora, hacia Portugal, ha logrado conciliar cuerpo y elegancia. Lo han hecho Pintia, elaborado en la bodega que inauguró allí Vega Sicilia en 2001, y los Numanthia y Termanthia, del conglomerado LVMH (Louis Vuitton, Moët Hennessy). Elaborados con Tinta de Toro (el clon local de la Tempranillo), la fineza no les ha hecho perder músculo: son potentes, voluminosos, concentrados, vástagos de clima caliente y suelos pobres. La D.O. Toro, impulsada por la llegada de tales ilustres jugadores, saltó a la fama. Aquí nacieron más de 50 bodegas en los últimos años y algunas ganaron rápidamente notoriedad, entre ellas Dehesa Gago, Frontaura, Matarredonda, Quinta de la Quietud y Finca Sobreño.

En sus últimos tramos, ya sobre la frontera con Portugal y a la altura de la localidad de Arribes del Duero, el paisaje cambia: el río se estrecha, su cauce se hace profundo y discurre calmamente entre riberas cubiertas de vegetación. Atraviesa la frontera y prosigue encajonado entre altas laderas. A partir de ese momento el paisaje se hace humano, obra de generaciones de viticultores que fueron tallándolo en terrazas para poder plantar la vid, venciendo inclinaciones de hasta 60 grados. A ese paisaje la Unesco le otorgó el status de “patrimonio de la humanidad”.

Cada tanto la sucesión de terrazas esculpidas se interrumpe para abrir espacio a encantadoras casas rurales, la mayor parte sencillas, casi espartanas, a las “adegas” donde el vino se elabora aún con métodos de elaboración artesanales (incluido el pisado de la uva), y a estaciones ferroviarias como Amarante o Régua, que recuerdan clásicos del western. De aquí sale el vino del Oporto. Antiguamente se ponía en barricas, que eran apiladas en los barquitos multicolores conocidos como rabelos, para bajar en ellos hasta Vila Nova de Gaia, frente a la ciudad de Oporto, donde se concentran las bodegas que lo someten a largos procesos de añejamiento.

Es también donde el Douro se echa en el mar después de abrir un amplísimo estuario. Las dos ciudades gemelas –Oporto y Vila Nova de Gaia- marcan el fin de su viaje de 900 kilómetros, en el curso del cual atraviesa y a la vez marca con su impronta climática algunas de las más pródigas zonas vinícolas del mundo. El Duero no es un río cualquiera.