del vino y del buen vivir

De Hacienda la Lomita a la Finca La Carrodilla

La primera cosecha de Hacienda La Lomita fue la 2006, dato elocuente que apunta como responsable a la generación más reciente de productores de vino de Baja California, que es a la vez la más nutrida. Su propietario, Fernando Pérez Castro, está apenas en la treintena, lo cual se traduce, al menos en su caso, en osadía y creatividad. Las fiestas, tal como las ha concebido la bodega, en dos etapas, una Sagrada (la que le tocó a CATADORES) y otra Pagana, es el primer anuncio de ello.

El enólogo de la vinícola es Reynaldo Rodríguez, perteneciente a una tercera generación de técnicos, si consideramos a Camilo Magoni y Esteban Ferro en la primera, y en la segunda (muy laxamente, porque el arco de edades es amplio) a Hugo d’Acosta, Victor Torres, Antonio Badam y José Luis Durand.

Por las proporciones de las empresas que manejan, esta tercera ola esta definitivamente enrolada en la onda “boutique”, aunque no le iría para nada el adjetivo “artesanal”. Como lo hace evidente Reynaldo, más bien se ha instalado en los valles vinícolas dotada de parafernalia high tech y conocimientos excepcionales. Lo constato cuando Reynaldo acomoda su ipad en la camioneta y checa en ella –a la vez que maneja- los tanques de varias bodegas en tiempo real y va dando instrucciones via skype a los trabajadores.

Es la manera que ha encontrado este enólogo, que se formó sobre todo en España, en la zona de Rioja, de manejar varias bodegas a la vez. Además de sus funciones en La Lomita, tiene su propia bodega (Quinta Monasterio) y asesora a un par más en los valles de Guadalupe y Uruapan, este último en Santo Tomás. El dúo con Pérez Castro compone una figura ya emblemática en la zona, que connota renovación en su forma de encarar la producción vinícola y ejemplifica el arrastre que ésta tiene entre los más jóvenes.

Las instalaciones de Hacienda La Lomita muestran esmero estético: una construcción de piedra y estuco pintado en rojo con orlas blancas, que recuerda por momentos a una casa campirana de la Toscana, alberga una zona circular de tanques troncocónicos de acero inoxidable, dernier cri tecnológico. Junto a ella, la sala de barricas, en penumbras y protegida por una amplia pared de cristal, es cabal imagen de lo que corresponde a un vino que reposa sin que nada perturbe su sueño.

El viñedo rodea a la bodega: 11 hectáreas de las cuales 6 están plantadas. Hacienda La Lomita produce entre 4 500 y 5 000 cajas, distribuidas en las 6 líneas que acompañaron la cena de la Fiesta Sagrada: Discreto Encanto, un vino joven mezcla de diferentes uvas tintas, el rosado Cursi (un éxito instantáneo), los Chardonnay y Sauvignon Blanc elaborados bajo la etiqueta Espacio en Blanco, el Tinto de la Hacienda, un coupage de Merlot, Tempranillo y Shiraz, Pagano (Grenache), Sacro (Cabernet Sauvignon y Merlot) y el Singular, vino top de la casa, cuyas cepas pueden cambiar de año en año siguiendo una búsqueda de excelencia.

Si el 2010 fue calificado en la Guía Catadores del Vino Mexicano con 92 puntos, el 2011, probado en esta ocasión, podrá aspirar aún a más: fino, equilibrado, aún marcado por las notas de la barrica, que irán fundiéndose con la fruta hasta alcanzar su punto hacia fines de año. En la cena estos vinos, de aromas y sabores francos, elegantes en su expresión, fueron servidos junto a una cocina no menos fina, elaborada por Jair Téllez, Mikel Alonso y Gerard Bellver.

Fernando y Reynaldo, junto al padre del primero Juan Ignacio, y Dionisio Othón –un amigo y socio de la familia-, inauguraron también en la ocasión la bodega Finca La Carrodilla, el primer ensayo de viticultura biodinámica que se realiza en México. La arquitectura de Fernando Ruiz se conjuga y a la vez destaca en ese medio seco, casi árido, del valle de Guadalupe: industrial en su estilo, marcado por el uso de planchas de un tipo de calamina que contrastan armónicamente con los detalles de madera y cristal e incluso con la sala de degustación, esta última en un estilo clásico afrancesado.

Los tanques de fermentación en acero inoxidable son también troncocónicos y la capacidad del conjunto es mayor que en el caso de La Lomita: 6 000 cajas, una producción a la que La Carrodilla puede llegar rápidamente, pues cuenta con unas 25 hectáreas, de las cuales una parte importante está plantada con parras de alrededor de 30 años.

La Carrodilla elabora un Shiraz, un Cabernet Sauvignon y un Tempranillo. Los  2010 son de cuerpo medio –a excepción del Tempranillo, un vino con más peso en boca- sencillos y agradables. La cosecha 2011, que probé en tanque antes del embotellado, ha dado vinos más complejos, llenos, de taninos maduros y con un fruta potente que hace un interesante balance con el trabajo de barrica.

Esta bodega es un paso audaz hacia una viticultura poco o nada explorada en México, que estoy seguro habrá de dar algunos de los mejores vinos de México. Además del cultivo biodinámico, en ellos confluyen -al igual que en Hacienda La Lomita-, suelo y clima excepcionales con la probada destreza del enólogo.