del vino y del buen vivir

Chile en su segundo aire

Rodolfo Gerschman

Una parte tiene que ver con mercadotecnia, qué duda cabe, pero la otra, más interesante, es la que surge desde las entrañas de una viticultura que durante demasiado tiempo cedió al facilismo y se hundió en la rutina. Ahora los vinos chilenos están en un “revival” que, es cierto, no es de ahora sino que comenzó hace algunos años. Pero así son las cosas en el vino: maduran al ritmo de las parras y éstas toman su tiempo en adquirir el aplomo que dan los años.

Del lado mercadotecnia: en estos últimos meses ha habido una avalancha de catas de chilenos a cargo de famosos críticos y concursos internacionales. Hasta un conocido escritor gringo -no de vinos pero sí autor de una obra famosa que sucede entre vinos, “Sideways”- fue fotografiado paseando por viñedos chilenos y su profana opinión se coló entre los especialistas. ¿Qué dijo Rex Pickett?: “Chile está produciendo la siguiente generación de verdaderos enólogos artistas”. Tras la exageración hay en ciernes una serie de tele con él como protagonista –“Terroir Chile”- que promueve... la organización Wines of Chile (WOC).

Las opiniones de Pickett -como corresponde a un verdadero iniciado- van más allá de lo razonable cuando le dan al país la credencial de único, maravilloso, vanguardia internacional y casi interplanetaria del vino, pero aún así hay algo de cierto en ellas. No completamente en lo que el vino chileno es actualmente, sino en aquello hacia lo que apunta, hacia lo que está decidido a ser.

Wines of Chile, la asociación que reúne a las bodegas exportadoras de Chile (que son casi todas) ha sido aparentemente exitosa en estrategias como ésta. Lleva su ofensiva en varios frentes y despliega notable diversidad de medios. No se le ve tanto en México -mercado que aún no considera prioritario-, pero sí en Estados Unidos, Japón, Brasil y, obvio, China. Su némesis son los vinos argentinos, pero después de cederles terreno fugazmente, ha retomado la delantera (Wines of Agentina es menos eficaz).

Brasil –el principal mercado de América Latina- es buen ejemplo: los chilenos están en primer lugar con el 48 por ciento de los importados. Los argentinos le siguen con... el 16 por ciento. En México Chile es, en volumen, líder en la importación. Argentina ocupa el quinto lugar.

El 2 de agosto, cuando se realizó el Summit 2017 de Wines Of Chile -la reunión cumbre de la organización que junta cada año a sus representantes en los mercados internacionales y a los de las bodegas-, Angélica Valenzuela, la directora comercial de WOC, develó sus intenciones: consolidar a su país en 2025 como “el productor número uno de vinos premium, sustentables y diversos, del Nuevo Mundo”.

Lo logre o no, la diversidad y sustentabilidad son cada vez más centrales en la temática del vino chileno. Un poco por presión de la demanda y otro poco para estar a tono con lo que solicita el mercado, las bodegas han explorado nuevas regiones e incluso parajes sin explotar dentro de sus mismos viñedos. Uno de los primeros fue Montes, que plantó sobre las elevadas pendientes que dominan el resto de su viñedo de Colchagua, de donde sale el célebre Folie, un Syrah súper premium.

Y es que el famoso apotegma según el cual Chile está hecho a medida para el vino, es de doble filo. De tierras fértiles y bien irrigadas puede salir buen vino. Pero si se pretende lograr uno extraordinario, convienen más suelos minerales y arenosos, en zonas avaras de agua. Las partes bajas de los valles chilenos, donde se encuentra la mayor parte de los viñedos, son ricos en materia orgánica y están bien abastecidos por el deshielo de Los Andes. Rumbo al mar y la cordillera de la costa, el paisaje se endurece.

La paradójica emigración vinícola va hacia esos solares de perfiles menos pródigos, a pocos kilómetros del Pacífico. Errázuriz, Montes, Casa Marín, Clos Apalta, Viu Manent y muchas otras bodegas tallan, cerca del mar, cerros de pendientes abruptas y suelos de piedra y pizarra. Pequeñas bodegas como Garage Wine Co o Clos des Fous, cuya producción va de 300 a menos de 5 mil cajas, prosperan en esos torturados paisajes del Maule y conviven con gigantes como Santa Carolina o Torres, una macro bodega que en esas latitudes optó por ser pequeña (aún más para sus estándares: 2 mil 400 botellas de Pinot Noir en su finca Escaleras de Empedrado).

Varias de estas bodegas, algunas de nomenclatura enrevesada, concurren a los concursos internacionales y ganan preseas de manera significativa. Sus marcas -Seña, Casa Marín Pinot Noir Lo Abarca Hills Vineyard, Clos Apalta, Escaleras de Empedrado, Garage Wine Co Truquilemu Vineyard, Clos des Fous Pucalán Arenaria Pinot Noir-, repiten puntajes entre 95 y 100 puntos en los rankings casi simultáneos de Luis Gutiérrez, el catador de la revista de Robert Parker Wine Advocate, Patricio Tapia (Guía Descorchados), James Suckling o la guía Texsom.

Entretanto y entre tantos vinos, se extiende como mancha de aceite otra tendencia. En 2004 visité en Colchagua Viña Emiliana, que en 1989 inició en solitario su conversión hacia el cultivo orgánico y biodinámico. La propulsó su propietario, Rafael Guilisasti, a la vez accionista mayoritario de Concha y Toro, secundado por otros directivos de esa empresa. Me llamó la atención el rigor con que llevaba a cabo los ritos concebidos por el austríaco Rudolf Steiner 70 años atrás. Tuvo éxito y fue sumando más viñedos en otras regiones.

Hoy día esas prácticas agrícolas alcanzan el rango de legendarias. Lo que en aquella época pudo ser visto como esotérico, ha ganado espacio. Hay cerca de 4 000 hectáreas de viñedo conducido en orgánico y de ellas alrededor de 1 300 están bajo prácticas biodinámicas, avaladas por la certificación alemana Demeter, según cifras de la Oficina de Estudios y Políticas Agrarias. La progresión se acelera de año en año.

Producciones en pequeña escala y en sitios donde las dificultades azuzan la calidad de la uva, prácticas sustentables y orgánicas, un número creciente de vinos que rozan los 100 puntos son los ingredientes que unen la estrategia de los productores con las de sus mercadólogos. Ambos segmentos parecen bien encaminados en el propósito de acabar con la imagen que persiguió tantos años al vino chileno como miembro notable de la franja donde impera lo barato y la medianía.